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Andrés Guerrero Serrano
-Homeópata-

jueves, 17 de noviembre de 2011

Homeopatía, otra vez.

(Extraído de mundodesconocido)

En este nuevo artículo quiero volver a tratar un tema que, en mi opinión, es tan apasionante como controvertido.

Mucho se ha dicho y – peor aún – se ha hecho con respecto de la homeopatía.

1810 sería en que Christian Friederich Samuel Hahnemann (médico sajón del gobernador de Transilvania), publicase “Organon, el arte de curar”.

El principal fundamento de la teoría homeopática  (homeo-, que en realidad es sin hache, designa igualdad y patía, enfermedad, afección, sufrimiento), es la ley de los similares que propugna que una enfermedad puede ser tratada y curada mediante la acción de una sustancia tóxica que cuya presencia provoque la misma sintomatología que la que está padeciendo el paciente, eso sí, en dosis infinitesimales.

Es decir, si una persona estuviera aquejada de un mal que presentase la misma sintomatología que una intoxicación por arsénico, sería arsénico lo que se le administraría a fin de restaurar la “fuerza vital” del individuo, muy vinculada con el concepto de magnetismo animal mesmerista y fundamento de lo que se vino a denominar como vitalismo.

Los homeópatas, en el proceso de dinamización, previo a la administración del medicamento, disuelven esos “venenos” en etanol — la tintura madre — diluyendo a su vez, esta solución en agua sucesivas veces, sin importar que en la solución final, no se encuentre ni una sola molécula o átomo de la sustancia tal.

Las disoluciones son la parte controvertida de la disciplina, por razones que ustedes – desde una óptica convencional en cuanto a las cuestiones médicas se refiere – entenderán.

Sin embargo su efecto ha sido demostrado en numerosos estudios (que pueden buscar y que por cuestión de tiempo  espacio, no voy a reproducir), estimándose que un 15% de los médicos occidentales aplican tales planteamientos a la hora de tratar a sus pacientes.

Por no dejar el asunto huero, mencionarles un caso.

Madeleine Ennis, farmacóloga de la Queen’s University de Belfast, siempre a sido considerada como “azote de los homeópatas”. De siempre, ha asegurado que, a esas concentraciones, en los remedios homeopáticos no hay más que agua – ya saben, el número de Avogadro -, por lo que químicamente no tiene sentido que funcionen.

No obstante, cual no sería su sorpresa, en su estudio más reciente Ennis y su equipo descubrieron que soluciones ultradiluidas de histamina, en las que no había sino agua, funcionaban en un experimento con basófilos – para que lo entiendan un glóbulo blanco – de la misma forma en que lo haría la propia histamina (en caso de que hubiera habido alguna de estas partículas.

Eso lleva a pensar dos cosas:

a) La homeopatía realmente funciona.

b) Es un efecto placebo, que también desarrollan los consabidos basófilos (y nótese el sarcasmo).

Aunque Ennis se ha visto incapaz de explicar el hecho, sigue investigando en pos de una respuesta. Pero no sin antes afirmar que de ser ciertos los fundamentos de la homeopatía tendrían que reescribirse los libros de medicina.

¿Estoy defendiendo la homeopatía a capa y espada?

Más bien no, que se defiende sola.

¿Les estoy conminando a su uso y práctica?

Pues tampoco, que usted ya es mayorcito y sabe lo que le conviene.

La verdad es que todo esto hace a uno reflexionar (cosa que en nuestros días parece caduca y sin valor). Reflexionar en cosas que quizás nos den aterradoras respuestas o, en el mejor de los casos, nos hagan generarnos más preguntas.

A tenor de lo dicho (teniendo en cuenta los principios homeopáticos, que no se los enunciaré todos por no aburrir), me pregunto que pasará en nuestro organismo, quizás en esa “fuerza vital”, con la ingesta de soluciones con principios activos – en principio venenos – tales como el cloro, el flúor y toda una serie de aditivos que a diario ingerimos, sus relaciones sinérgicas y tantas otras cosas, que prefiero concluir aquí este artículo.

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